Agresividad en la adolescencia

adolescente agresivos
En la vida familiar con un adolescente los desacuerdos pueden ser frecuentes, aunque en algunas familias estas discusiones pueden llevar a la agresividad.
En muchos casos, los padres pueden sentirse responsables al pensar que han fallado a la hora de educar o poner límites a sus hijos, cuestión que puede retrasar la búsqueda de ayuda externa, sin embargo, esa es la mejor opción cuando la situación se repite.
Son muchas las causas que pueden producir la agresividad en los adolescentes, aunque las más frecuentes son las siguientes:
  • Haber vivido un suceso traumático, como puede ser la muerte o enfermedad de un familiar, divorcio de los padres, acoso entre iguales, peleas en la familia, etc.
  • Ser víctima de un abuso sexual o físico. El abuso provoca enfado y vergüenza en el adolescente y cuando éste no es capaz de contar lo que le ha ocurrido puede manifestarlo teniendo un comportamiento agresivo.
  • Tener un trastorno psiquiátrico, como el trastorno bipolar, de pánico, esquizofrenia, depresión y estrés post-traumático.
  • Presentar TDAH y dificultades de aprendizaje, este tipo de adolescentes suelen tener problemas emocionales y sociales que pueden ser manifestados a través de la agresividad.
  • Consumir drogas de forma regular.
  • Tener una baja autoestima.

En función de la causa de la agresividad el tratamiento psicológico incidirá en un aspecto u otro, aunque en general se dirigiría a:

  • Identificar y manejar emociones intensas como la ira o el estado de ánimo bajo.
  • Enseñar técnicas para manejar la ansiedad como la relajación muscular, respiración,  visualización, etc.
  • Enseñar técnicas que permitan a los adolescentes controlarse en momentos de agresividad.
  • Entrenar en habilidades sociales y estrategias de afrontamiento alternativas a la agresión.
  • Orientar a la familia sobre la importancia de negociar, reforzar conductas positivas y cómo actuar en los momentos de agresividad.
  • Colaborar con el instituto si hubiera problemas en este contexto que estuvieran relacionados.

 

 

 

 

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Acoso Escolar.

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Esta mañana nos despertábamos con una noticia horrible y terrible.

Una niña, de 13 años, Lucía, fue hallada ahorcada en su casa. ¿El motivo? El acoso escolar que llevaba sufriendo años.

Tenéis la noticia en el siguiente  enlace.

En consulta nos encontramos con muchos casos de acoso y hemos observado que, en la mayoría de las ocasiones, los padres y el centro eran totalmente ajenos a la situación.

Hoy nos gustaría ofreceros unos indicativos de la existencia de acoso, ya que cuanto antes se identifique la situación, menos secuelas tendrá la víctima y más sencillo será acabar con esa violencia. Pero antes, vamos a diferenciar el bullying de los conflictos escolares.

El rasgo diferenciador es, claramente, la reiteración. El acoso es una situación que se mantiene en el tiempo que se manifiesta de diferentes formas y, por esto, llega a generar en la víctima un potente sentimiento de inferioridad e indefensión.

Un insulto, una burla, una pelea aislada no son tolerables, hay que actuar, pero no son acoso.

Hay situaciones muy graves que tampoco debemos considerar acoso. Son las que se refieren a actos delictivos como las agresiones sexuales, el uso de armas, las amenazas de muerte o aquellas agresiones que ponen en riesgo la integridad de la víctima o su vida. En esos casos ya no hablaríamos de acoso, son delitos y, además de hablar con el centro escolar, hay que denunciar.

Además de los padres, los profesores juegan un papel muy importante a la hora de detectar un posible caso de acoso, simplemente estando atentos a algunos signos. Las peores formas de acoso escolar van a suceder cuando el profesor no está presente directamente: en los baños, los patios, los pasillos, vestuarios, salidas de clase y en el comedor.

También observando a los niños fuera de aula y su dinámica de grupo, los niños que queden aislados, las pintadas en el baño, los cambios de comportamiento o rendimiento escolar, los rumores que lleguen a sus oídos, la forma en que se tratan, todo puede dar señales.

Que en clase se burlen de él habitualmente o se rían cuando interviene, que deje de participar activamente o que se quede sin compañeros en las actividades de grupo puede también indicar que está siendo víctima de acoso escolar.

Un niño que manifiesta tristeza, miedos o dolores inexplicables, que falte a las actividades o que se descubra que nunca es invitado a fiestas o salidas podría estar sufriendo un problema de violencia escolar.

La situación de acoso suele comenzar con agresiones (collejas, zancadillas, empujones…) e intimidaciones en las que la víctima no puede ofrecer una respuesta adecuada y esto hace que los agresores aumenten la intensidad del acoso. Puede iniciarse con insultos, motes dañinos, hablar mal del niño y volver a otros compañeros en su contra sembrando rumores malintencionados sobre él. Además, las amenazas para lograr que el niño haga algo que no desea, quitarle objetos personales, y hasta pedirle dinero son otras de las manifestaciones del acoso escolar. El objetivo es hacerle sentir miedo a las agresiones, a las burlas, a que se cuente algo negativo sobre él.

Importante también el acoso que se ejerce a través de las redes sociales. Estamos ante un caso de ciberbullying cuando un chico o chica atormenta, amenaza, hostiga, humilla o molesta a otro/a mediante Internet, teléfonos móviles, consolas de juegos u otras tecnologías telemáticas. Este es muy grave debido al anonimato, la no percepción directa e inmediata del daño causado y la adopción de roles imaginarios en la Red. Algunos ejemplos de este acoso serían: colgar en Internet una imagen comprometida (real o efectuada mediante fotomontajes) datos delicados, cosas que pueden perjudicar o avergonzar a la víctima y darlo a conocer en su entorno de relaciones; dar de alta, con foto incluida, a la víctima en un web donde se trata de votar a la persona más fea, a la menos inteligente… y cargarle de puntos o votos para que aparezca en los primeros lugares; dejar comentarios ofensivos en foros o participar agresivamente en chats haciéndose pasar por la víctima de manera que las reacciones vayan posteriormente dirigidas a quien ha sufrido la usurpación de personalidad; hacer circular rumores en los cuales a la víctima se le suponga un comportamiento reprochable, ofensivo o desleal, de forma que sean otros quienes, sin poner en duda lo que leen, ejerzan sus propias formas de represalia o acoso; enviar menajes amenazantes por e-mail o whatsapp, perseguir y acechar a la víctima en los lugares de Internet en los se relaciona de manera habitual provocándole una sensación de completo agobio…

El acoso psicológico es la forma más sutil, pero igual o más dañina, de generar una situación de violencia escolar. En este caso, a la víctima no se le deja participar en juegos o en actividades sociales conjuntas, se le aisla, se le excluye, no se le habla y se le ignora activamente. Lo tratan como un apestado y esto hace que, incluso los que no participaban activamente en el acoso, también se alejen de él, por mantenerse en el grupo o por temer ser ellos mismos víctimas. Se convierten en espectadores.

Es muy importante, por tanto, trabajar con profesores, padres y alumnado, para que todos sean capaces de identificar estas situaciones y poder así intervenir. Los casos se suelen resolver si se habla pronto de ello y nuestros hijos, conscientes de que no se debe tolerar el maltrato, se convierten ya no en cómplices activos o pasivos, ni en observadores de la violencia, sino en el apoyo que el sistema necesita para darle la vuelta al acoso escolar.

El papel de los padres es fundamental, estando atentos a los cambios en la conducta del niño y brindándole apoyo en cuanto sufra algún tipo de acoso, nunca minimizándolo, ni diciéndole que se haga más duro o que eso siempre ha pasado.

Los indicativos que pueden observar los padres en casa son los siguientes:

  • – Cambios en la conducta del niño: se muestra más irritable, violento o tiene rabietas.
  • – Cambios emocionales: tristeza, apatía, enfados…
  • – Tiene dificultades para dormir (insomnio, pesadillas, terrores…).
  • – Presenta síntomas psicosomáticos como dolores de estómago o de cabeza o fiebre… sin causa médica real.
  • – Presenta arañazos o moratones.
  • – Cambios en el apetito: lo habitual es la pérdida del mismo, aunque en ocasiones también hay casos en los que se da ingesta compulsiva.
  • Se resiste a ir al colegio, tiene verdadero miedo a volver tras las vacaciones o incluso tras el fin de semana.
  • Nunca quiere hablar sobre su vida escolar.
  • – Tiene un bajón repentino en su rendimiento.
  • – No quiere ir a las excursiones.
  • Absentismo escolar.
  • Han dejado de invitarlo a las fiestas de cumpleaños.
  • – Empieza a perder o a aparecer con sus pertenencias escolares o personales rotas.

 

Ansiedad ante los exámenes.

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Estamos en una época de mucho estrés y trabajo para nuestros niños y adolescentes. Muchos de ellos se ven desbordados y sienten no poder hacer frente a la carga de tareas a las que tienen que enfrentarse, especialmente los estudiantes de bachillerato o universitarios.

La ansiedad ante los exámenes consiste en una serie de reacciones físicas, emocionales, cognitivas y conductuales que afectan negativamente al rendimiento. Esta ansiedad puede ser de dos tipos, anticipatoria o situacional. Si el sentimiento de malestar se produce durante el estudio o al pensar en el día del examen, estaremos ante una ansiedad antipatoria; si ese malestar aparece únicamente en el momento de realizar el examen, estaremos ante una ansiedad situacional. Saber identificarlas es importante para poder hacerle frente de la manera más adecuada.

De manera general, las claves para dominar la ansiedad ante los exámenes son:

  • Aceptación: los nervios ante un examen son algo normal. Y un cierto nivel de ansiedad es beneficioso en la medida que nos hará estar más atento a la ejecución del examen. Las dificultades aparecen cuando no gestionamos de manera adecuada este nivel de ansiedad.
  • Hábitos saludables: dormir adecuadamente (alterar los ciclos de sueño es contraproducente) y mantener una correcta alimentación (evitar frituras, precocinados, fast-food, estimulantes…). También es muy importante la realización de alguna actividad física, ya que liberará así disminuirán los efectos del cortisol (hormona clave en el estrés) y aumentarán los de las endorfinas, lo que hará que nos sintamos bien, relajados. Por supuesto se debe evitar por completo el consumo tanto de alcohol como de otras drogas.
  • Planificación: es muy importante hacer un plan de estudio, objetivos a corto, medio y largo plazo. Unas adecuadas técnicas de estudio también generarán confianza y tranquilidad a la hora de abordar el trabajo del día a día.
  • Control de pensamientos: es importante darnos cuenta de nuestros pensamientos erróneos para poder sustituirlos por pensamientos más realistas y positivos. Por ejemplo: “Voy a suspender el examen y no sacaré esta asignatura” podrías sustituirlo por un “Estoy cumpliendo con mi plan de estudio y soy capaz de hacerlo, porque lo he hecho más veces”. Recuérdate a ti mismo tu valía y capacidad. Y en el momento que percibas un pensamiento negativo, recurre a uno que hayas automatizado como positivo.
  • Relajación: es básica. En cualquier tipo de ansiedad, la relajación es una herramienta que, cuando se logra dominar, va a permitir controlar por completo los niveles de ansiedad. Hay diferentes métodos, que van desde la respiración hasta la relajación progresiva o la meditación. Un profesional puede enseñarte perfectamente las distintas técnicas y ayudarte a trabajar aquella que mejor se adapte a ti.

Esperamos que nuestros consejos os sirvan de ayuda. ¡¡Mucho ánimo a todos y en especial a nuestros pacientes!!

El trivial familiar.

familia

En consulta muchos adolescentes manifiestan no sentirse comprendidos en casa. La mayoría tienen la sensación que lo que más relevancia tiene para sus padres es su rendimiento académico y los resultados que obtienen. Por otro lado, también nos encontramos con padres y madres que refieren desconocer completamente los gustos o aficiones de sus hijos, bien por falta de implicación o bien por hermetismo del chico o chica.

Hoy os recomendamos una técnica muy sencilla y efectiva que empleamos en algunas de nuestras terapias familiares, para reforzar  y mejorar las relaciones entre los miembros de la familia, especialmente cuando hay adolescentes en casa.

La tarea consiste en que cada miembro de la familia deje, un día o dos a la semana, en algún lugar determinado de la casa, una tarjeta con una pregunta personal sobre sí mismo, sus aficiones o sus intereses. Por ejemplo: “¿Qué deporte practicaba de joven?” (el padre), “¿Quién es mi cantante favorito?” (la madre), “¿Cuál es mi modelo de coche ideal?” (el hijo)… Las tarjetas de cada miembro son de un color diferente. Los demás tienen todo el día para averiguar cuál es la respuesta a cada pregunta (sin preguntar directamente a la persona). Por la noche se reunen todos los miembros y comprueban quién ha acertado más respuestas.

La gran ventaja del “Trivial Familiar” es que nadie se ve forzado o presionado a compartir algo que considere personal, pero sí ofrece la oportunidad de dar a conocer aspectos de su vida que le apetece desvelar.

Esta técnica ha sido desarrollada por Mark Beyebach y Marga Herrero de Vega a partir de los cuestionarios de conocimiento mutuo que propone John Gottman, sustituyendo las preguntas cerradas por una versión más libre en la que cada miembro de la familia puede elegir qué temas desea sacar a la luz.

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