Cómo afrontar la pérdida de un ser querido

La pérdida de un ser querido puede ser algo devastador y traumático. Cada persona reacciona de una determinada forma ante un hecho que puede llegar a marcar un antes y después en nuestra vida, pero estos consejos pueden ser de utilidad para asumir la pérdida y poder seguir adelante:

  • Lo más importante es aceptar nuestros sentimientos, y tomarnos el tiempo que necesitemos. A menudo la gente de nuestro alrededor, con la mejor intención, nos pregunta de forma reiterada qué tal nos encontramos y tratan de animarnos con frases como “no llores más”, “el tiempo todo lo cura”, “sé fuerte”, etc. Sin embargo, es sano y necesario llorar, desahogarnos y aceptar una tristeza que nos acompañará una larga temporada. No debemos poner fecha al duelo, sino dejar que este se vaya desarrollando de forma natural, aunque lo habitual es que dure unos dos años.
  • Es importante hablar sobre el ser querido, recordar los buenos momentos con esa persona. Si nos resulta complicado hablar, podemos escribir o simplemente recordar experiencias positivas, que nos ayudarán a paliar poco a poco el sufrimiento. Hay personas que deciden incluso dejar de nombrar a la persona fallecida y rehuyen hablar sobre ella, evitan sus actividades o lugares favoritos. Esta actitud puede ser normal en los primeros momentos tras la pérdida, pero si con el paso del tiempo se mantiene puede obstaculizar el proceso del duelo, evitando que este pueda resolverse.
  • Es importante también marcarse pequeños objetivos una vez pasado el dolor inicial, retomar poco a poco la rutina, con el fin de evitar el aislamiento y poder conectar nuevamente con nuestros familiares, amigos y compañeros.
  • Si notamos que pasado un tiempo considerable, el dolor sigue siendo insoportable y no conseguimos avanzar en nuestra vida, es necesario acudir a un profesional que nos ayude a aceptar la pérdida. No se trata de superarla, algo realmente difícil en ciertos casos, sino aprender a vivir con ella y poder vivir en paz.

Nuestra psicóloga Isabel Menéndez nos habla también de la culpa y cómo hablar con nuestros hijos sobre la muerte de un familiar en el siguiente vídeo.

Cómo establecer y cumplir los propósitos para 2020

Se acaba 2019 y en estas fechas es ya una tradición establecer una serie de propósitos de año nuevo, propósitos que la mayoría de la gente no llega a cumplir nunca. ¿Por qué pasa esto?

La principal razón por la que no se cumplen los propósitos es que estos no son realistas o son demasiado generales, “este año voy a cuidarme”, “voy a hacer ejercicio”, “voy a dejar de fumar”, “voy a ahorrar”, etc. Si una persona nunca ha hecho ejercicio, o lleva mucho tiempo sin hacerlo y su meta es salir todos los días a correr, lo más seguro es que mantenga su propósito solo durante las primeras semanas de enero, si es que llega a ponerlo en práctica. ¿Por qué? Porque se dará cuenta de que no es capaz de seguir el ritmo que tenía pensado, se desmotivará rápidamente y su fuerza de voluntad descenderá en picado.

Lo que debemos hacer es ir poco a poco y concretar. Siguiendo con el ejemplo del ejercicio, si nuestra intención es ser personas más activas, podemos empezar por salir a caminar dos o tres veces por semana, por ejemplo durante dos meses. Después, a partir del tercer mes alternar las caminatas con pequeñas carreras. Así en función de la evolución de cada uno, hasta llegar al nivel que deseamos. Es mejor tener metas pequeñas y alcanzables que poco a poco nos vayan acercando al “gran objetivo”, que tratar de alcanzarlo directamente y desesperarnos en el intento.

Otra razón habitual que nos hace desistir en el cumplimiento de los propósitos es tener demasiados. Si ya es difícil cambiar un hábito, tres o cuatro a la vez es casi imposible. Por eso es importante escoger uno de ellos y focalizarnos en él, y cuando ya lo hayamos incorporado a nuestra vida diaria, ir a por el siguiente. El comienzo del año es una época habitual para hacer borrón y cuenta nueva, pero en realidad cualquier momento es bueno para empezar a hacer lo que deseamos.

Por último, es fundamental no decaer aunque no hayamos cumplido todo lo que nos hemos propuesto. ¿Cómo conseguirlo? Valorando lo que sí hemos hecho. Puede que no todas las semanas hayamos salido a caminar, pero muchas otras sí y eso es algo que hace unos meses no hacíamos ni siquiera una vez a la semana. No se trata de tener un progreso lineal, que es algo al alcance de muy poca gente, sino mantenernos firmes y seguir a pesar de los altibajos.

Cuando ser perfeccionista se convierte en un problema

Tener aspiraciones, deseos de superarnos a nosotros mismos y de mejorar a nivel personal o profesional es positivo, ya que nos permite crecer como personas. Es bueno proponerse metas y objetivos que nos mantengan activos y nos sirvan de guía para seguir el camino que hemos elegido.

El problema surge cuando ese deseo de mejorar se transforma en una obsesión, en una insatisfacción continua con nosotros mismos o con los demás por no cumplir unas expectativas que la mayoría de las veces son demasiado altas y poco realistas. Esas expectativas pueden ir dirigidas a nosotros mismos, a los demás o ser las conocidas como “prescritas socialmente”, que es pensar que los demás son muy exigentes y esperan mucho de nosotros, por lo que no debemos fallar nunca para conseguir su aprobación.

Ese afán por ser perfectos y no equivocarnos a menudo aparece acompañado de ansiedad e inseguridad, problemas para conciliar el sueño o dificultades en las relaciones sociales, tanto a nivel laboral como personal.

Una persona es mucho más que sus logros y equivocaciones. Se debe valorar el esfuerzo, asumir cuanto antes que es imposible vivir sin cometer ningún fallo y entender que los fracasos son nuevas oportunidades para aprender y poder superarnos a nosotros mismos en el futuro.

Algunos consejos que pueden ayudar a las personas perfeccionistas son:

  • Controlar la ansiedad, a través de técnicas de relajación o ejercicio físico.
  • Fomentar el diálogo interior positivo: por ejemplo, cambiar el “he fallado, soy un fracaso” por “un fallo lo tiene cualquiera” o “la próxima vez me fijaré más”.
  • Trabajar la humildad y reconocer nuestros límites, no exigirnos tareas para las que no estamos preparados y plantearnos metas realistas.
  • Aprender a pedir ayuda: todos la necesitamos en algún momento y es necesario saber delegar cuando la ocasión lo requiere, así como aceptar los consejos de gente más experimentada que nos puedan aportar un punto de vista distinto al nuestro.