Miedo a enfermar: hipocondría

Hay personas que piensan que padecen una enfermedad grave, aún cuando los médicos no ven indicios de ello o las pruebas médicas resultan negativas. Estas personas están continuamente revisando los posibles síntomas, buscando información en internet, preguntando y contrastando información con amigos y familiares o acudiendo de forma regular al médico en busca de nuevas opiniones. Esta ansiedad desmesurada ante las enfermedades se denomina hipocondría, y es realmente incapacitante para las personas que la sufren, que a menudo se sienten incomprendidas por su entorno.

La hipocondría puede aparecer cuando una persona está sometida a mucho estrés y por ejemplo se han dado casos en su familia o entorno de diagnósticos de enfermedades graves, tanto en el pasado como de forma reciente. De igual forma es más probable que la padezcan personas diagnosticadas con depresión u otros trastornos de ansiedad, o aquellas que han crecido en un ambiente familiar especialmente sensible a las enfermedades y a los síntomas derivados de las mismas.

Nuestra psicóloga Isabel Menéndez nos da las claves para poder detectar la hipocondría en el siguiente vídeo, así como una serie de consejos para afrontarla.

¿No para y está en las nubes? Puede tener TDAH

Hay determinados niños que literalmente no son capaces de estar quietos: en clase a menudo son regañados por hablar mucho con los compañeros, se caen de la silla, se balancean, se levantan varias veces, no dejan atender a los demás… Llevan muy mal las situaciones de espera o tienen una escasa tolerancia a la frustración. Además, pueden distraerse a menudo, “estar en las nubes”, olvidar el chándal del colegio, perder material escolar o juguetes, nunca apuntan las tareas en la agenda o son incapaces de concentrarse a la hora de hacer los deberes. En estos casos, podemos estar hablando de niños con Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

Puede darse el caso de que un niño sea hiperactivo pero capaz de mantener la atención en tareas que requieran un esfuerzo considerado o por el contrario, no ser especialmente movido pero sí costarle mucho concentrarse en los estudios o prestar atención en clase.

Estos niños a menudo son etiquetados como vagos, pasotas, maleducados o desconsiderados, cuando la realidad es que en muchas ocasiones no pueden controlar sus impulsos, se olvidan de lo que les hemos pedido que hagan o no tienen un buen método de estudio adaptado a sus necesidades. Resulta fundamental entender que el circuito cerebral que controla la correcta capacidad de motivación sufre alteraciones en las personas con TDAH, por lo que a estos niños les requiere un esfuerzo mucho mayor sacar los cursos adelante, especialmente a partir de secundaria, a pesar de no tener dificultades intelectuales. De igual forma, el control de impulsos se ve igualmente afectado, es por ello que pueden hacer comentarios que están fuera de lugar, tener conflictos con los compañeros en clase o explosiones de ira, de las que siempre se arrepienten.

Nuestra psicóloga Isabel Menéndez nos habla sobre este tema y nos da algunos consejos para saber qué hacer en estos casos.

Nido vacío: cuando los hijos se van de casa

Los años pasan, los hijos crecen y llega el momento de que abandonen el hogar. Muchos padres pueden experimentar sentimientos encontrados y es habitual que necesiten un periodo de adaptación a la nueva realidad.

Los progenitores, especialmente las madres, pueden sentir tristeza y soledad cuando los hijos se independizan. También es habitual que no sepan qué hacer con el tiempo del que ahora disponen y pueden surgir sentimientos de inutilidad o apatía. En ocasiones, los padres pueden mostrarse excesivamente dependientes de los hijos y ser incapaces de darles el espacio que ahora necesitan, creando tensiones entre ellos y dañando la relación.

Tras muchos años de cuidados constantes a los hijos puede haberse dejado de lado la relación de pareja, y por ello es necesario volver a reencontrarse con la otra persona, planear cosas juntos, retomar aficiones, escucharse, etc. Hay que tener en cuenta que todo cambio de etapa requiere una adaptación, es por ello que resulta fundamental tener paciencia y tratar de tomarnos las cosas con calma.

En el caso de las familias monoparentales, esta situación puede resultar más difícil de superar, ya que la independencia de los hijos en este caso es aún más notoria para el padre o la madre que han llevado a cabo todas las tareas en solitario. Para ellos también es el momento de dedicarse a sí mismos, aunque es posible que la adaptación a la nueva vida sea algo más lenta y que disponer de tanto tiempo al principio resulte abrumador, pero con paciencia es posible aprender a gestionarlo y tener una vida plena al margen de los hijos.

Si la tristeza y la apatía derivan en un estado depresivo que se alarga en el tiempo, es hora de consultar con un profesional.

Agorafobia: miedo al miedo

La agorafobia es un trastorno de ansiedad y la persona que lo padece teme situaciones reales o anticipadas en las que podría tener un ataque de pánico o sentirse atrapado, indefenso o, incluso, sentir vergüenza. Por ejemplo, una persona puede evitar subirse a un avión por si tiene un ataque de pánico y no hay un médico o personal sanitario que pueda atenderle.

Nuestra psicóloga Isabel Menéndez Benavente nos explica detenidamente en qué consiste este trastorno y algunos consejos que pueden ser de gran utilidad para las personas que lo padecen.

Cómo afrontar la pérdida de un ser querido

La pérdida de un ser querido puede ser algo devastador y traumático. Cada persona reacciona de una determinada forma ante un hecho que puede llegar a marcar un antes y después en nuestra vida, pero estos consejos pueden ser de utilidad para asumir la pérdida y poder seguir adelante:

  • Lo más importante es aceptar nuestros sentimientos, y tomarnos el tiempo que necesitemos. A menudo la gente de nuestro alrededor, con la mejor intención, nos pregunta de forma reiterada qué tal nos encontramos y tratan de animarnos con frases como “no llores más”, “el tiempo todo lo cura”, “sé fuerte”, etc. Sin embargo, es sano y necesario llorar, desahogarnos y aceptar una tristeza que nos acompañará una larga temporada. No debemos poner fecha al duelo, sino dejar que este se vaya desarrollando de forma natural, aunque lo habitual es que dure unos dos años.
  • Es importante hablar sobre el ser querido, recordar los buenos momentos con esa persona. Si nos resulta complicado hablar, podemos escribir o simplemente recordar experiencias positivas, que nos ayudarán a paliar poco a poco el sufrimiento. Hay personas que deciden incluso dejar de nombrar a la persona fallecida y rehuyen hablar sobre ella, evitan sus actividades o lugares favoritos. Esta actitud puede ser normal en los primeros momentos tras la pérdida, pero si con el paso del tiempo se mantiene puede obstaculizar el proceso del duelo, evitando que este pueda resolverse.
  • Es importante también marcarse pequeños objetivos una vez pasado el dolor inicial, retomar poco a poco la rutina, con el fin de evitar el aislamiento y poder conectar nuevamente con nuestros familiares, amigos y compañeros.
  • Si notamos que pasado un tiempo considerable, el dolor sigue siendo insoportable y no conseguimos avanzar en nuestra vida, es necesario acudir a un profesional que nos ayude a aceptar la pérdida. No se trata de superarla, algo realmente difícil en ciertos casos, sino aprender a vivir con ella y poder vivir en paz.

Nuestra psicóloga Isabel Menéndez nos habla también de la culpa y cómo hablar con nuestros hijos sobre la muerte de un familiar en el siguiente vídeo.

Cómo establecer y cumplir los propósitos para 2020

Se acaba 2019 y en estas fechas es ya una tradición establecer una serie de propósitos de año nuevo, propósitos que la mayoría de la gente no llega a cumplir nunca. ¿Por qué pasa esto?

La principal razón por la que no se cumplen los propósitos es que estos no son realistas o son demasiado generales, “este año voy a cuidarme”, “voy a hacer ejercicio”, “voy a dejar de fumar”, “voy a ahorrar”, etc. Si una persona nunca ha hecho ejercicio, o lleva mucho tiempo sin hacerlo y su meta es salir todos los días a correr, lo más seguro es que mantenga su propósito solo durante las primeras semanas de enero, si es que llega a ponerlo en práctica. ¿Por qué? Porque se dará cuenta de que no es capaz de seguir el ritmo que tenía pensado, se desmotivará rápidamente y su fuerza de voluntad descenderá en picado.

Lo que debemos hacer es ir poco a poco y concretar. Siguiendo con el ejemplo del ejercicio, si nuestra intención es ser personas más activas, podemos empezar por salir a caminar dos o tres veces por semana, por ejemplo durante dos meses. Después, a partir del tercer mes alternar las caminatas con pequeñas carreras. Así en función de la evolución de cada uno, hasta llegar al nivel que deseamos. Es mejor tener metas pequeñas y alcanzables que poco a poco nos vayan acercando al “gran objetivo”, que tratar de alcanzarlo directamente y desesperarnos en el intento.

Otra razón habitual que nos hace desistir en el cumplimiento de los propósitos es tener demasiados. Si ya es difícil cambiar un hábito, tres o cuatro a la vez es casi imposible. Por eso es importante escoger uno de ellos y focalizarnos en él, y cuando ya lo hayamos incorporado a nuestra vida diaria, ir a por el siguiente. El comienzo del año es una época habitual para hacer borrón y cuenta nueva, pero en realidad cualquier momento es bueno para empezar a hacer lo que deseamos.

Por último, es fundamental no decaer aunque no hayamos cumplido todo lo que nos hemos propuesto. ¿Cómo conseguirlo? Valorando lo que sí hemos hecho. Puede que no todas las semanas hayamos salido a caminar, pero muchas otras sí y eso es algo que hace unos meses no hacíamos ni siquiera una vez a la semana. No se trata de tener un progreso lineal, que es algo al alcance de muy poca gente, sino mantenernos firmes y seguir a pesar de los altibajos.

Trastornos de conducta en niños y adolescentes

Los trastornos de conducta en niños y adolescentes pueden interferir gravemente en sus vidas y afectar a sus relaciones sociales y familiares. Detectarlos lo antes posible resulta fundamental para no agravar la sintomatología y prevenir otros trastornos asociados. Nuestra psicóloga Isabel Menéndez nos explica en qué consisten y las señales que nos deben alertar de la presencia de estas alteraciones.

Las causas de estos trastornos pueden ser genéticas, esto es, la disposición o el temperamento natural de un niño y las posibles diferencias neurobiológicas en la forma que funciona el cerebro, o del entorno, con unas pautas de crianza inadecuadas, bien por ausencia de límites o exceso de los mismos.

En lo referido a las pautas educativas es muy importante establecer una serie de límites adaptados a la etapa evolutiva en la que se encuentra cada niño e imponer unas consecuencias proporcionadas cada vez que se los salten. Para que un castigo sea efectivo debe seguir los siguientes puntos:

  • Los niños diagnosticados con problemas de conducta normalmente también son impulsivos y no son capaces de ver las consecuencias de sus actos. Es por ello que se debe avisar previamente de los castigos asociados a cada conducta que queramos modificar, para que poco a poco puedan ir modulando su conducta.
  • Una vez que estos niños hayan hecho algo que no debían, la consecuencia debe aplicarse de forma inmediata. Es habitual que los padres tiendan a dejar los castigos para más tarde, y castiguen con no jugar a la consola el fin de semana si el niño se ha portado mal el miércoles. Esto es un error y es habitual que muchos niños, llegado el fin de semana, no recuerden por qué están castigados o que por otra parte, no encuentren motivación para portarse bien el resto de la semana si saben que hagan lo que hagan el fin de semana no podrán jugar. Es mucho más efectivo castigar lo antes posible, ya que el niño será plenamente consciente de su error y de sus consecuencias.
  • No añadir comentarios: lo que habitualmente entendemos por “entrar al trapo”, discutir con el niño o utilizar frases como “si es que esto se veía venir” o “ya estás como siempre…”. Los niños, especialmente los más pequeños, no tienen la capacidad de razonar con los adultos ni entienden muchas veces lo que estos les dicen, por lo que resulta más efectivo aplicar la consecuencia directamente sin dar demasiadas explicaciones.
  • Importantísimo que los padres sean coherentes e impongan los mismos castigos, y en caso de no estar de acuerdo, dialoguen entre ellos sin estar los hijos presentes. Si un niño sabe que uno de los progenitores es más “blando”, se aprovechará de ello y esto provocará discusiones y tensión entre la pareja, por lo que es básico instaurar una serie de normas que ambos progenitores acepten y bajo ningún concepto desautorizarse el uno al otro.